9/06/09

"¡Y se disfrazaban de mujer!"

Ya eran las ocho de la mañana cuando el ruido de una bocina me obligó a salir de la cama.

En la calle se paseaba un automóvil más viejo que mi abuela. Daba, mediante un perífono, una noticia sensacionalista por demás.

“Aparentaban ser todos unos hombres frente a sus vecinos… ¡pero por las noches se disfrazaban de mujer! Entérese, traigo la noticia con retrato para que los conozca. La noticia con fotografía de estos ‘mujercitos’ que se prostituían por la noche y engañaban a sus clientes”.

Algo así. El caso es que durante más de una hora el carro anduvo deambulando por la colonia donde vivo. Su misión prácticamente era terminar de vender los periódicos para todo aquel público morboso que decidía enterarse de la noticia.

Yo me enteré porque de por sí leo los periódicos. No es justificación pero así fue. La verdad es que en la fotografía del periódico no se apreciaban bien los rostros de estas personas; un total de 12 travestis detenidos.

En el desarrollo de la nota se argumenta que el operativo realizado por la policía municipal de Jiutepec (en Morelos, México), se ejecutó porque varios vecinos circundantes al boulevard Cuauhnáhuac se quejaron del “acoso” de varios travestis con menores de edad.

Otra razón es que prácticamente “se habían adueñado del lugar”. Yo no sé qué tan eficiente sean los dichosos operativos. Yo vivo demasiado lejos del lugar de los acontecimientos. Por las noches a fuerza tengo que pasar por ese lugar pues es entrada hacia la colonia.

Yo los he visto. Antes, incluso, cuando el señor al que le compro los periódicos abría su negocio a las ocho de la mañana, ahí en la calle había varios travestis continuando en el trabajo. Dejaron de hacer presencia cuando varias mamás se quejaron, supuestamente, porque representaban un “pésimo” ejemplo para los niños que por ahí circulan a diario hacia la escuela.

En otra ocasión me tocó saludar a uno que estaba demasiado alto. Me pidió de favor que le prestara una pluma porque quería anotar un número telefónico. Me dijo: gracias, corazón. Y le devolví una sonrisa.

Además, frente a mi casa vivía antes un muchacho de nombre Guillermo que por las noches se ponía peluca porque trabajaba de “mesera”, según él. Un día, entrada la noche, varios sujetos lo golpearon de una manera salvaje hasta que otros vecinos acudieron a auxiliarlo.

Un domingo, hace unos años, fui a una carnicería a comprar chicharrón. A mitad del camino vi que arriba de una patrulla de la policía local estaban dos personas: un hombre sin camisa, borracho. Y a su lado estaba, aparentemente, una mujer; que en realidad era un hombre pues.

No sé realmente qué estaba pasando en esos momentos, pero me di cuenta que algunas policías mujeres llamaban por radio a quién sabe quién. Los vecinos estaban atentos al “espectáculo” del travesti porque únicamente lanzaba groserías a todos e intentaba bajarse de la camioneta pero de inmediato era detenida.

Y de entre la multitud se escuchó: Dejen al borracho, pero llévense al puto nada más. Acto seguido varias risas se escucharon. Y acto seguido el borracho bajó de la camioneta, pero no el travesti.

Así las cosas en este mundo. Me iré a dormir, quizá mañana el carro regrese nuevamente a la colonia con una noticia muchísimo mejor.

***
Ando de plácemes porque este día, maravilloso 9 de junio, agrego un año más a mi jocosa vida.

29/05/09

¿Una pastillita? ¿Un chicle?


Hace unos años cuando andaba de reportero para una revista local sufrí mucho. Y no me refiero a que me costaba trabajo hacer mis labores adecuadamente, que en parte sí se me complicaba, pero con el tiempo eso se fue superando, me refiero más bien a soportar el pésimo olor de boca de algunas personas a las que tenía que entrevistar en la calle. Lo más increíble es que esas personas de las que hablo eran, ni más ni menos, funcionarios públicos de alto nivel.

Yo creo que ni de tan alto, porque eso de dejar salir esos olores tan espantosos de plano no tiene justificación. Lo triste para mí era verlos tan modosos ellos, pero tan sólo habrían el hocico lo fulminaban a uno.

Yo sé que por la tragadera entran muchas cosas... pero muchos no nos imaginamos los tufos tan espantosos que las personas nos avientan.

Una vez, camino al trabajo, me subí a la ruta que estaba demasiado llena, algo que por supuesto no tolero mucho porque me molesta tanta persona junta en un lugar tan pequeño. Devisé un asiento libre junto a un señor, el lugar era del lado de la ventanilla. A veces prefiero ir de pie para evitar quedarme atorado cuando me toca descender, pero esta vez decidí pedirle permiso al señor. Ya a su lado me arrepentí de haberlo hecho.

El susodicho se durmió a medio camino con la boca medio abierta. Yo no podía soportar tanto hedor. Mi papá a veces dice: le huele a cagada. Y un amigo dice: ¡tápate esa muela! Yo siempre he sentido ganas de aventarles una pastilla Halls o un chicle Trident de sabor sandía para que no anden por la vida haciéndonos eso.

Yo sé que puede ser un problema grave de halitosis, no los culpo. El problema es que a veces o no se dan cuenta o de plano no tratan de hacer algo por disminuir ese mal. En el trabajo de reportero me pasa seguido. A veces, en las manifestaciones de cualquier tipo, tienes que entrevistar a los líderes o cabezas del movimiento y te topas con este tipo de situaciones. Lo horrible es cuando, al rayo del sol, tienes que aguantar muchísimo tiempo entre la multitud mientras hueles sus palabras.

Una vez, en la preparatoria, a una maestra le entregué un trabajo para que me lo revisara en ese mismo momento porque quería que me aclarara un par de cosas. Al final opté por decirle que si podía de favor hacerme algunas anotaciones en las mismas hojas. La razón, clarísima está, fue que el aroma de su boca me sorprendió: era asquerosísimo.

Yo siempre llevo conmigo pastillas de menta o chicles de varios sabores. Quizá desconfío de mi aliento, pero al menos ando prevenido. Y a veces, cuando tengo personas a mi lado y les apesta el hocico, saco mi paquete de chicles:

-¿Quieres uno?- les inquiero. Y ellos no lo dudan. Lo aceptan. Lo mastican... y se sienten más tranquilos.

27/03/09

Necesidad calorina




Como hace demasiado calor tendré que dormir en calzoncillo. Ahora he tirado las sábanas gruesas de mi cama para colocar unas de tela ligera. He acercado la cama a la ventana para que el aire se agasaje manoseando mi cuerpo. Ya abrí las ventanas completamente para que ese mismo aire entre durísimo. Quité las cortinas. Y me he expuesto a los vecinos de enfrente para que, junto con el aire, disfruten de mí.



Tomé el último trago de agua de una botella color azul. Tengo demasiado calor que ahora sólo espero a alguien que me refresque por dentro o por fuera. ¡Por favor!

9/03/09

"¡A los hombres les demostramos que sí podemos!"

SER BOMBERO NO ES SÓLO DE VARONES

Entrevista a una mujer bombero

MARTÍN OLVERA / LA UNIÓN DE MORELOS

Si a las personas se les pidiera adivinar cuál es el trabajo de Génesis Yáñez Reséndiz (una mujer de cabello rizado, ojos color claro, menuda y robusta), muchos no dudarían ni pensarían dos veces al decir secretaria, doctora, maestra, contadora, ama de casa, estilista o cualquier otra ocupación digna de una mujer.

Sin embargo, todos fallarían sus respuestas porque Génesis es una de tantas mujeres que han decidido explorar terrenos laborales pensados antiguamente para hombres; actividades que requieren fuerza física o donde se corre peligro eminente, como el trabajo de policía o bombero.

A los 19 años, Génesis dejó de cortar o peinar cabello para atender llamadas de emergencia. Primero fueron seis años como radio operadora en una estación de policías. Ahora tiene siete en una corporación de bomberos

La joven mujer irradia alegría cada vez que habla de su trabajo porque realiza una labor que le resulta “enormemente gratificante”, como ella dice. Aunque desde el principio no todo fue fácil ni sencillo.

“Imagínate: estar en un lugar donde los hombres ven que te quieres meter en su terreno de trabajo es difícil cuando llegas. Es difícil por ser mujer, pero también lo es porque no te dejan hacer cosas o te menosprecian”, explica la joven bombero para luego agregar: Te dicen que no puedes cargar esto o aquello porque está pesado. Pero como mujer te preocupas en demostrarles a los hombres que sí se puede, que efectivamente se puede.

Si bien es cierto que a Génesis le apasiona ayudar a las demás personas, ella no se considera una heroína. De hecho afirma que los héroes no existen. “Aquí no tenemos héroes. Claro que nuestra misión es apagar incendios o rescatar a personas en peligro, pero también está en juego nuestra seguridad”.

Ella no sólo se desempeña como bombera, también es radio-operadora; atiende llamadas de emergencias para enviar al equipo de trabajo que sofocará incendios o que atenderá otros problemas como fugas de gas, de ácidos o de cloros; así como también el control en enjambres de abejas.

Precisamente por esto Génesis sabe que las cosas que ocurren afuera de la estación de bomberos son otra realidad a como se ven en televisión o en los periódicos. Porque para poder contar las experiencias que ha tenido en los incendios de verdad, Génesis tuvo que capacitarse como todos en la estación.

De pronto, un día cambió de escenarios: tuvo que apoyar en un incendio real. Atrás quedó aquél cuarto acondicionado con tubos de gas para hacer fuego donde era fácil controlar la situación. Ahora tenía que poner en práctica todo lo que había aprendido. El terror, claro está, se presentó ante ella. Era la primera de muchas experiencias.

“Me dio mucho miedo. Iba pensando en que no me pasara nada. En que todo se pudiera controlar rápido. Me preguntaba a cada momento qué encontraría cuando llegara”, expresa Génesis. “Sabía que no iba sola, que detrás de mí había más personas. Y que no me iban a dejar sola”, continúa, pero reconoce que a ese miedo le ganó la emoción por su primera aventura al auxiliar a personas que estaban en peligro.

Ya después vino la calma cuando Génesis explotó en felicidad. ¿Cómo es esa sensación después de salvar vidas, apagar incendios?, se le consulta. Antes de su respuesta ella ríe: “Se siente una satisfacción muy grande. No te la podría explicar, necesitarías vivirla para sentirla. Es muy padre, muy grande la emoción”.

Previamente, Génesis aclaró que cuando los bomberos atienden una llamada de auxilio el ritmo de acción antes de salir de la estación es importante. Y a ella, por ser mujer, no se le da preferencia alguna. Todo es igual.

“Las cosas no son distintas. Aquí, en la estación de bomberos, tienes que ser rápido porque depende mucho de ti la vida de más personas”. El tiempo de salida es de dos minutos máximo y el uniforme de bombero se pone en menos de un minuto. No es tan fácil como parece: el traje está compuesto de botas, pantalón con tirantes, chaquetón, monja (una especie de tela que los cubre del fuego o humo en la cara), casco y guantes. Todo eso junto llega a pesar de 15 a 20 kilos, pero cuando se moja “pesa todavía más”, refiere Génesis.

Ya está claro que a la joven mujer bombero le gusta demasiado su trabajo por las satisfacciones o gozos que éste le produce, pero ¿cuál es la reacción de las personas que corrían peligro cuando ven que una mujer los salvó?, se le interroga.

“Al principio sólo nos ven los ojos. En mi caso se dan cuenta que una mujer los atendió porque al final, cuando todo está arreglado, me quito el caso. Y entonces los niños dicen: mira mamá, es una mujer, una muchacha. Es raro que te miren, que digan eso, pero sientes demasiado bonito”.

A Génesis no le importan los “súper sueldos ni los reconocimientos”, ella únicamente quiere escuchar la palabra “gracias” porque le resulta “gratificante”. Aunque su trabajo a simple vista parece complicado porque los hombres tienen ventaja física, Génesis considera que ha tenido suerte: “No me han amenazado ni agredido ni nada por el estilo. Siento que algo me cuida, o quizá es suerte, creo que siempre ha sido suerte”.

-Pero si pudieras elegir entre ser bombero o estilista, ¿con cuál te quedarías?- se le cuestiona. Ya para entonces la respuesta parece ser innecesaria porque Génesis ha remarcado en todo momento su orgullo como bombera, su satisfacción en el trabajo.

Finalmente responde, con una sonrisa que deriva en impetuosa risa: "definitivamente me quedo en la estación de bomberos". Es Génesis, una mujer que se arriesga para salvar a los demás del peligro que los pudiera acechar.

*Fotografía de Hugo Rodríguez.
**Por cierto, olvidé mencionar la estación de bomberos donde Génesis trabaja, se llama Centro Control de Emergencias Civac.

2/03/09

La agresión durante el noviazgo, un problema creciente

Así fue como el 14 de febrero titularon mi nota sobre la violencia en el noviazgo. Desde la segunda semana de ese mes comencé a laborar en La Unión de Morelos, un periódico local.

MARTÍN OLVERA

Al principio todo era bonito, hermoso. Nada de qué preocuparse. Pero conforme pasaron los días el olor a miedo se respiraba al momento de estar juntos. Aparentaban ser una pareja feliz frente a sus familiares, frente a sus amigos, pero cuando nadie los veía ni los molestaba, el monstruo de la violencia los acechaba.

Comenzaron con pequeños pellizcos, suaves mordidas, pero la pasión les ganó. Los celos de él hacia ella fueron creciendo cuando la veía con sus amigos. Más tarde vinieron los jaloneos, los empujones. Las discusiones subieron de tono. A las agresiones físicas se le agregaron las verbales, los insultos. Todo estaba fuera de control.

Amor, miedo, golpes, dolor, traición, amenazas; parecerían los ingredientes perfectos para un guión de cine o de una telenovela, los fragmentos de una canción o líneas de un reportaje periodístico, pero no es así.

Son sustancias de la realidad. De la vida diaria en un noviazgo que fracasó por mala comunicación. Por un mal entendimiento de lo que significa ser novios, ser pareja, ser compañeros. O porque se repitieron padrones de conducta que se observaron en el núcleo familiar.

En una reciente encuesta nacional, el Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve) reveló una cifra alarmante: 76 por ciento de los jóvenes mexicanos sufre violencia psicológica; 16 por ciento, violencia sexual; y 15 por ciento, violencia física.

Los jóvenes, de entre 15 y 24 años de edad, no reconocen el problema de la violencia en sus distintas modalidades, mucho menos se atreven a denunciar ni intentan hacer algo al respecto para solucionar pacíficamente los disgustos. Por el contrario, lo asumen como comportamientos típicos o normales, según informó el Imjuve.

De acuerdo a los mismos datos de la encuesta nacional, ocho de cada diez adolescentes han sido insultados por sus padres, mientras que dos de cada diez fueron golpeados, lo que crea un antecedente de violencia en los muchachos que posteriormente se puede repetir durante alguna relación de pareja.

Dentro del noviazgo, las mujeres son las más expuestas a sufrir agresiones físicas, psicológicas o sexuales. Las reacciones más comunes, de acuerdo al Imjuve, son las críticas que los varones hacen a sus parejas por la manera de vestir, actuar, sobre su físico, etcétera.

El Instituto de la Juventud exhorta a los jóvenes a denunciar cualquier indicio de agresión para tratar de erradicar el problema. Porque de una nalgada, que puede parecer un simple juego, se puede llegar a niveles más extremos como el forzamiento a tener relaciones sexuales. O si a un empujón se le considera una manera de demostrarse cariño, a las golpizas posteriores no se les podrán ver así.

El Imjuve ofrece asesoría a través del número 01 800 22 80 092.

18/02/09

Noches de ocio


Todas las noches hago la misma rutina. No la contaré porque me da un poco de pereza. Pero sí contaré que pasada la media noche tengo esa manía rara de salir a lavarme los dientes. Antes, claro, bajo hacia la cocina para traer una botella de agua fría.

Me encanta cepillar mis dientes por la noche. Es en ese horario cuando más lo disfruto. Pero la noche de anoche mi papá tocó la puerta del baño para decirme que no hiciera tanto ruido. Que diario se me ocurre lavarme el hocico tan tarde. Que lo haga más temprano, me dice. Y que no tarde mucho haciéndolo. Yo no sé si hacerle caso. Es que leí en varios artículos que uno se debe lavar los dientes durante más de cuatro minutos, algo así. Y me impacté al saber que no hacía eso. Entonces ahora no quiero perder tiempo.

Ya son varias veces que me sangro las encías. Y me apena decirlo, no se me quita la maña de hacerlo. Por la mañana mi boca parece hinchada, la percibo rara. El enjuague bucal es otra de mis satisfacciones higiénicas. Si salgo de mi casa sin enjuagar con Listerine Citrus, me regreso a hacerlo.

¡Quisiera tener una dentadura perfecta como la de Barack Obama!... ¡Oh sí!

10/02/09

Quisiera imaginar algo bonito


Anoche pasé por la terminal de autobuses donde alguna vez me dejaste. Y recordé inmediatamente aquellas cosas que pasaron entre nosotros. No sé si fueron malas o buenas. Ni siquiera las quiero calificar porque me sentiría mal. Sólo sé que disfruté algunos momentos. Si tú los disfrutaste, sinceramente, fue algo que no me preocupó. Así de egoísta, así como tú te comportaste, así como me dejaste, sin decir nada, sin despedirte. Y cuando te volví a encontrar me respondiste tontamente: No sé por qué dejé de hablarte. No sé, de verdad que no sé. Y te dije: Pendejo, eres un maldito pendejo que mientes a cada momento. Así como mentiste cuando me llamabas por teléfono preguntándome cómo estaba, cuando en realidad te importaba un carajo mi maldita vida, cuando te importaba mierda. Sí, mierda, como esa que pisaste cuando caminábamos por la calle después de comer unos burritos en el Sanborn's. Yo me quise reír, pero sentí lástima al ver tu cara de imbécil tratando de buscar un pañuelo en tu mochila. Y me sigo riendo de tu cara de imbécil. Esa cara tan rara que ponías hasta cuando te mordía los pezones, mientras te retorcías diciéndome: alto, por favor, alto que eso me prende. Y me dio asco que me dijeras eso. Pero no te hice caso, quería ver si era verdad que eso “te prendía”. Pero ni madres. Mentiste. Y cuando te conté un chiste ni te reíste. Luego te reclamé por teléfono al otro día. Y me dijiste: ¡Ash! No de todo me tengo que reír. Entonces te colgué porque me enojé, porque no valía la pena gastar mis treinta pesos de saldo, porque eres un pendejo que ni gemir a la hora de coger sabía. Porque fuiste tan falso mientras éste que escribe se desgarraba el alma cuando tú no estabas cerca para darte un beso. Y pasé por esa terminal, tratando de recordar si alguna vez me dijiste una frase de amor. Pero descubrí que ni siquiera mi nombre te sabías.